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miércoles, 7 de enero de 2009

El hijo

Nuestra Invitada

Juana Castillo Escobar

Anochece. El cielo púrpura, cubierto de nubes densas con bordes renegridos, amenaza tormenta de granizo o nieve. El frío es intenso.

En la casa, las luces del salón están encendidas, la temperatura es sofocante.

Sentado en una de las esquinas de la sala, en una mecedora de mimbre, un hombre pulsa el mando a distancia. Cambia los canales de televisión en busca de algo que no parece encontrar. Frente a él, hundida en una esquina del tresillo, una mujer cose y observa por encima de los lentes los movimientos de la pantalla. Enfadada rezonga:

- ¿Por qué demonios no paras de una vez? Estás mareando al aparatito, al televisor y a mí.

- Me extraña. Tú no estás viendo la tele. En cuanto a los aparatos, no se quejan... Levántate y tráeme algo fresco de la nevera. Tengo seca la garganta. Aquí dentro hace un calor infernal.

Los ojos de la mujer se nublan. En un principio piensa responderle que sea él quien se levante, que mueva su fofo y seboso culo de la mecedora, que ella no es su criada, pero lo piensa mejor y, sumisa, se acerca a la cocina, abre la nevera y de ella saca un bote de cerveza.

- ¿Es que te has perdido por el camino?

- ¡Ya va! ¡Qué prisas tienes! Toma, y que te aproveche.

- Encima con recochineo. ¿Quieres tener polémica?

Recochineo el tuyo, piensa la mujer, pero se abstiene de decirlo en voz alta. A la pregunta de él responde con delicadeza:

- No, no quiero tener polémica. Preferiría hablar como las personas. Tener una charla civilizada.

-¿Y qué es eso?

- Ya sé que lo has olvidado. También yo me estoy olvidando de cómo intercambiar palabras con los demás desde...

- ¡Cómprate un loro y dale la vara a él!

Da un trago largo, eructa con fuerza, tal y como le enseñó su padre, tal y como enseñó él a su hijo, tal y como deben hacer los hombres. Pulsa de nuevo el mando. Salta de un canal a otro. Cosa extraña, hoy no hay fútbol ni en directo ni en diferido por ninguna parte. En uno de los canales ve un trozo de película lacrimógena, en otro parte de un concurso y en los restantes montañas de anuncios. Enciende un cigarrillo y le da una larga calada, expulsa el humo por la boca formando pequeños aros azulados. Sabe que a ella le molesta el humo, y el olor del tabaco le hacen toser y le provocan irritación en los ojos, pero ahora ya nada le importa. La observa esperando su reacción, como ésta no llega, le dice al cabo:

- ¿Quieres un pitillo?

- ¿Desde cuándo fumo?

- Por si te apetecía...

- Lo que me apetece es hablar. Es necesario que lo hagamos. Tengo que decirte que ayer cuando estuve en el sanatorio...

- No quiero saber nada. No me interesa -le corta con brusquedad.

De un trago acaba con la cerveza. Eructa de nuevo. Los ojos, por un momento, se le han vuelto más líquidos, casi transparentes. A ella no le pasa desapercibido, e insiste:

- El chico desea verte. No comprende el por qué de tu rechazo. Ahora te necesita. Nos necesita más que nunca. Lo está pasando muy mal.

Él entorna los ojos. No desea que ella perciba su debilidad. Él es un hombre, y los hombres no lloran por nada ni por nadie. Con voz ronca que quiere aparentar dureza responde:

- Yo no le necesito. Me ha decepcionado. Tú has sido la culpable por consentirle más de la cuenta, por mimarle demasiado.

- ¿Yo sola? ¿Y tú no lo hacías? De todas formas, ¿quién le llevó de la mano para introducirle en el mundo de los hombres, de los machos? ¿Quién le obligó a hacer cosas que él no deseaba?

- Lo hice por su bien. Tú habrías acabado por vestirle con lacitos y puntillas.

- No exageres. Él tomó su propio camino. Fue su decisión. Acertado o no optó por lo que quería.

- ¿Y quería acaso liarse con quien no debió? Él solito se ha buscado este final. Yo no puedo mirar a la cara a mis compañeros de trabajo, tampoco a mi familia, ni a mí cuando me miro al espejo todas las mañanas.

- Los demás no deberían importarte tanto. Nosotros somos tu familia: tu hijo y yo. Si no le hubieras presionado tanto. Si no hubieras querido hacer de él algo que no deseaba. De siempre fue muy sensible, demasiado... Y ahora se nos va. Y tú eres incapaz de dar tu brazo a torcer, de demostrarle tu apoyo, tu amor de padre. Por ir a verle, por hablar con él, por abrazarle, no te vas a contagiar.

- No quiero hablar más. Sólo deseo que ésto termine cuánto antes.

- ¡Eres frío como un témpano! Permaneciendo en silencio no arreglas nada. Tú también estás enfermo. No de...

- Ni la nombres. No quiero escuchar el nombre de esa enfermedad -grita fuera de sí.

- Tú estás enfermo de miedo.

Cae la noche. Con ella llega el silencio. Un perro aúlla a la luna que se esconde entre celajes blancos que van y vienen a merced de la brisa del norte.

En la casa, la mujer se encuentra en la cocina, prepara la cena. Piensa que su marido está enfermo, enfermo de miedo, del miedo que le produce la sospecha de ser como el hijo. Entre tanto él busca en el televisor algo que le borre de la mente la tragedia de su hogar, pero en la pequeña pantalla no lo encuentra. Se ha vuelto incapaz de mirar dentro de sí donde, tal vez, hallaría una respuesta a sus dudas…

Fuente: Estandarte.com

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