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viernes, 29 de enero de 2010

El reto de la revolución educativa

La revolución digital, por consiguiente, ha transformado las competencias que la sociedad precisa y ha modificado sustancialmente las necesidades y exigencias de los alumnos. Esto es, el objeto y el sujeto de la educación han cambiado. No es de extrañar que, en este escenario, el sistema docente se encuentre desorientado e intente refugiarse en los terrenos tradicionales que le ofrecen seguridad. El previsible resultado es el siguiente: las influencias formativas informales ganan terreno y los estudiantes aprenden hoy más fuera de las aulas, que dentro de ellas. 
elmundo.es 28.01.2010
SE ABRE la oportunidad de lograr un gran pacto, social y político por la educación, que debe aprovecharse para plantear también el decisivo debate sobre el cambio de paradigma docente. Una iniciativa urgente puesto que el sistema educativo vigente está agotado, ha hecho crisis. Y urgente, además, desde una doble perspectiva: la cotidiana que condena a nuestros alumnos a un modelo que no responde a sus necesidades, y la futura, que compromete la capacidad del país para competir por el liderazgo productivo, creativo e intelectual del siglo XXI.

Estamos inmersos en un cambio de era, en una revolución del conocimiento de dimensiones históricas, cuyo rasgo principal es el aprendizaje. Sin embargo, los centros docentes no han participado en esta transformación, no han aprovechado la oportunidad de erigirse en paradigma de organización del aprendizaje y el conocimiento, contribuyendo así al desarrollo de la sociedad.

En el nuevo contexto social, el cambio es exponencial, los roles formales se desdibujan y los entornos de trabajo y aprendizaje, virtuales y físicos, son esencialmente colaborativos. Son necesarias nuevas habilidades de comunicación ya que el concepto de globalización en el siglo XXI no se refiere a la capacidad de las empresas para actuar en un contexto global, sino a la capacidad de cada individuo para participar en un mercado laboral transnacional.

La revolución digital, por consiguiente, ha transformado las competencias que la sociedad precisa y ha modificado sustancialmente las necesidades y exigencias de los alumnos. Esto es, el objeto y el sujeto de la educación han cambiado. No es de extrañar que, en este escenario, el sistema docente se encuentre desorientado e intente refugiarse en los terrenos tradicionales que le ofrecen seguridad. El previsible resultado es el siguiente: las influencias formativas informales ganan terreno y los estudiantes aprenden hoy más fuera de las aulas, que dentro de ellas.

El rol de la escuela en la sociedad debe modificarse. Hasta ahora se le ha exigido que formara en valores y transmitiera conocimientos. La educación en valores es un asunto controvertido en el que el Estado debiera dejar plena libertad a los padres y los centros para buscar lugares de encuentro y colaboración. Respecto a los saberes, sería necesario desterrar un currículo heredado del siglo XX, y reescribirlo a la luz de las competencias imprescindibles en el XXI. Sin olvidar el cimiento de las humanidades, es necesario abordar la adquisición de habilidades de pensamiento crítico y solución de problemas, aprendizaje e innovación, junto al desarrollo de patrones intuitivos y holísticos de pensamiento que permitan al alumno la creatividad necesaria para su desempeño y éxito profesional. En cuanto al modelo tradicional de transmisión de contenidos, es una tarea anacrónica en el siglo XXI: el conocimiento ya no pertenece a los profesores, está en internet y, lo que es más importante, puede construirse. Se han invertido la jerarquía del conocimiento y su epistemología.

Se habla, y mucho, de la escuela 2.0, y a menudo se confunde con un modelo tecnológico de la educación, no es así, se trata de un nuevo modelo social. La web 2.0 redefine qué, cómo y con quién aprendemos, pero tiene un valor superior: es una forma de entender las relaciones humanas. Por consiguiente, una escuela 2.0 es aquélla capaz de atreverse a realizar una reforma profunda de su modelo de organización escolar y de su metodología en las aulas. Una escuela en la que se rompa la estructura jerárquica y se dé paso a formatos colaborativos en comunidades abiertas de aprendizaje. Una escuela con una doble arquitectura: física y virtual.

El sujeto de la educación, el alumno, también es distinto. Resulta muy triste observar cómo las sucesivas reformas del sistema educativo español no siempre pusieron al alumno en el centro del debate. Y una reforma educativa, sin una clara visión antropológica de la juventud a la que se quiere formar, no reviste la mínima coherencia. Los estudiantes de hoy son esencialmente distintos a los de hace apenas media generación. Son nativos digitales que no han conocido un mundo desprovisto de tecnología.

Es más, para ellos la «tecnología» no existe. Acceden, absorben, procesan y usan la información de una manera distinta, y este rasgo debería bastar para definir un nuevo modelo docente. Trabajan en contextos multitarea, por lo que su estructura cognitiva es paralela, no secuencial. Son colaborativos, están expuestos a numerosos estímulos de ocio y entretenimiento que les permiten cultivar habilidades superiores del pensamiento. Son rápidos e inteligentes. No observan, participan. El acceso a la información es instantáneo. Han revolucionado los hábitos de consumo y constituyen una poderosa fuerza de transformación social. No es de extrañar, por lo tanto, que el modelo educativo que les ofrecemos -estandarizado, unidireccional, jerárquico y uniforme-, no responda a ninguno de los rasgos que les caracterizan. ¿Y nos sorprenden la elevada tasa de fracaso escolar y la indisciplina en las aulas? Es cierto que hay alumnos en riesgo de exclusión social, pero también a ellos les defrauda el sistema.

Por desgracia, nuestros alumnos no acuden a las aulas con lo mejor de sí mismos. Les hemos enseñado a conformarse con un sistema que les educa en la dependencia y les enseña las reglas de un modelo basado en formatos uniformes de enseñanza y evaluación que inhiben su singularidad, su responsabilidad, su motivación e incluso su libertad. Les hemos acostumbrado a aprender de la manera en que les enseñamos, en vez de educarles del modo en que aprenden. Los estudiantes de hoy necesitan una educación que emplee sus códigos de comunicación, en idénticos soportes, y en cualquier lugar y momento del día. El mundo del entretenimiento lo ha entendido. El de la educación, todavía no.

Es evidente que para abordar el proceso de reforma educativa, el rol del profesor es clave y debe revisarse. Su formación a través de una verdadera comunidad profesional de aprendizaje y reflexión sobre la práctica docente, es un imperativo urgente. El profesor del nuevo modelo docente debe atender al desarrollo emocional e intelectual de sus alumnos, ayudarles a equilibrar su mundo físico y digital, y apoyarles en la construcción de un marco conceptual que estructure su aprendizaje y su personalidad. Su autoridad en el aula es signo de excelencia.

¿Qué papel juega la sociedad? Por desgracia, el actual sistema de financiación de la enseñanza, directamente a los centros en vez de a las familias, dificulta la exigencia y el sentido de la propiedad de la sociedad respecto del sistema educativo. Asumimos que las decisiones educativas le pertenecen al Estado, durante mucho tiempo también a la Iglesia. La sociedad civil no ha sido nunca invitada a participar en pie de igualdad. Se consiente, por ejemplo, una tasa de fracaso escolar cercana al 30% que no se toleraría en ningún otro sector productivo. A pesar de las muchas incertidumbres, pienso que éste es un tiempo excepcional y único para la educación. Pero no podemos desaprovechar otra oportunidad. A quienes ahora tienen la responsabilidad del futuro de la educación en España: atrévanse a alumbrar un nuevo modelo docente. Porque los alumnos, los profesores, las familias, la sociedad entera, ya no puede esperar más.

Nieves Segovia es directora general de la Institución Educativa SEK.

«Se consiente una tasa de fracaso escolar cercana al 30% que no se toleraría en ningún otro sector productivo»

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