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miércoles, 16 de septiembre de 2009

Leyendo A Julio Olivera, Sus Versos, Sus Poemas

Bertha Navarro Navarro es doctorada en Literatura de la Universidad Complutense de Madrid, en su cátedra universitaria, hace comentarios de la poesía Latinoamericana. Esta vez comenta el poema Diez Cristos Curvados del Ancashino Julio Olivera Oré.

Cuando abrimos un poemario encontramos lo leído por el poeta desde su visión del mundo, irrepetible e intensa, como es la visión también de sus lectores.

Leer poesía supone adentrarnos en la plenitud del lenguaje con la alteridad plena y única del ser en sí, de nosotros mismos. Es decir, leer poesía es leernos como “individualidad colectiva”, como especie. Esta lectura es posible desde las musas, los terremotos, las culturas, las estructuras sociales, la música, el perfume de las flores, la estética de las moles pétreas y la fe que estructuran entre nombres, verbos y adjetivos la poética del doctor Julio Olivera.

La esperanza que alimenta la lucha por la vida es transversal en sus versos, como lo es la visión del “otro” a quien hay que salvar del alud, pero no para dejarlo a la vera del camino sino para recorrer el camino con él, con ella.

“Eros y tánatos”, las dos grandes emociones que constituyen la existencia humana recorren a los Diez cristos curvados, poemario, desde dos voces: el Ser como ser hombre y el Ser como ser mujer; el Ser noble y el Ser campesino; el Ser local y el Ser universal, el Ser orgánico y el Ser inerte. Por ello, se puede afirmar que la voz del yo poético, en Diez cristos curvados, es una voz múltiple y compleja comparable a un prisma de cristal que refleja y refracta la luz, ya no en “una” luz sino en luces, en los colores, una suerte de dialéctica cromática. En esta característica se resume justamente el poemario: la existencia humana está llena de matices, de variables exponenciales y cotidianas que abonan nuestra dimensión mística y trascendente, ésa que nos lleva a rezar los Diez cristos curvados, poema:

Señor
yo que nunca tuve alboradas
tuve nostalgias y melancolías

El destino me negó las alegrías
me dio pesares y tormentos.

No tuve juventud,
mi niñez creció marchita,
escuálida, desencajada.

No tuve ilusiones,
tuve desengaños,
tuve agonías
cuando no tuve nada.

Implore a los cielos....
no vi asomarse el consuelo,
mis ojos desorbitados,
nublados, oscurecían.

En todos los altares
invocaba de rodillas...
mis lágrimas
inundaban las iglesias.

El llanto que al comienzo
fuera mi terror,
llego a ser mi panacea.
Mis ojos, donde no brillaban

mis pupilas, yertos, desencajados,
eran las cenizas de algún fuego
extinto que el destino blasfema.

En mis labios
jamás se posó la sonrisa,
estuvo a flor de ellos
el acíbar, la amargura.

Y en aquellas manos albas
de mi niñez,
los callos del dolor
tallaron Diez Cristos
curvados en mis dedos.

Llevaba siempre el cuerpo postrado,
el alma de rodillas.

Tatuada de cruces el alma y
el cuerpo
magullado por los silicios.

Para ironía del destino.
cuando a mis puertas se allegaba
la esperanza...
La ilusión de una ventura,
el sismo
me aferro
en mayores aflicciones.

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