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martes, 6 de julio de 2010

Proyecto de conservación de Chavín de Huántar obtuvo fondo de financiamiento de Estados Unidos

El Fondo del Embajador para la Preservación Cultural, que ayuda a países en desarrollo a  preservar su legado cultural, fue creado el 2001 por el congreso estadounidense, con el fin de contribuir al afianzamiento de las relaciones culturales con los más de 100 países que participan en este concurso de donación cultural.  
    "Cabeza clava" colocada en muro del templo de Chavín de Huántar. Foto: ANDINA /
  • "Cabeza clava" colocada en muro del templo de Chavín de Huántar. Foto: ANDINA /
  • Lima, jul. 06 (ANDINA). El proyecto de conservación del complejo arqueológico Chavín de Huántar, en Áncash, obtuvo un financiamiento de 60 mil dólares del Fondo del Embajador de los Estados Unidos, informó hoy el Instituto Nacional de Cultura (INC).
    La directora nacional del INC, Cecilia Bákula, y el embajador estadounidense en el Perú, Michael McKinley, brindarán mañana detalles sobre la asignación de esta inversión.
    La ceremonia se llevará a cabo a las 11:3 horas en el Museo de la Nación, y contará con la presencia de director del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, Christian Mesía, y de John Rick, catedrático de la Universidad de Stanford, autores del proyecto para los trabajos de conservación estructural de los edificios que componen el centro ceremonial de Chavín de Huántar.
    Dicho complejo arqueológico se ubica en el distrito de Chavín, provincia de Huari, departamento de Áncash, a unos 462 kilómetros al noreste de Lima, sobre el flanco oriental de la Cordillera Blanca y el Callejón de Conchucos.
    Fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1985, al constituir un testimonio excepcional de una civilización desaparecida. El INC se encuentra a cargo de su custodia, protección, investigación y conservación.
    El Fondo del Embajador para la Preservación Cultural, que ayuda a países en desarrollo a  preservar su legado cultural, fue creado el 2001 por el congreso estadounidense, con el fin de contribuir al afianzamiento de las relaciones culturales con los más de 100 países que participan en este concurso de donación cultural.
    Las embajadas de Estados Unidos en los países participantes realizan una selección preliminar de los proyectos presentados por organismos gubernamentales, cuya selección final la realiza directamente el Departamento de Estado.
    (FIN) NDP/VVS

domingo, 4 de julio de 2010

La Partida De Un Iconoclasta

Monsiváis
Nuestro invitado
Religiosa, sexual, culturalmente, era excéntrico a las normas de la tradición mexicana. Pero su genio consistió en violar la tradición acrecentándola, dándole nuevos caminos a nuestra vida religiosa, sexual, cultural.
elcomercio.pe Domingo 4 de Julio del 2010
Por: Carlos Fuentes Escritor*
Monsiváis tenía clara la visión de sí mismo. Podíamos, él y yo, parearnos en literaturas contemporáneas. Pero Monsiváis tenía un conocimiento asombroso de la poesía mexicana de los siglos XIX y XX. Competía con Gabriel García Márquez en recitar de memoria a los poetas grandes y pequeños. Añado “pequeños” no por insignificantes, sino porque formaban parte del vasto mundo del acontecer cotidiano, cuyo porvenir desconocemos. Acaso por una suerte de simpatía a la vez anticipada y, por si acaso, histórica, Monsiváis reunía con inmenso interés y cariño letras de boleros, periódicos antiguos, revistas desaparecidas, caricaturas políticas, monos y monerías. Todo lo que cobró presencia histórica en su personal museo de El Estanquillo.

Me inquietaba siempre la escasa atención que Carlos prestaba a sus dietas. La Coca-Cola era su combustible líquido. No probaba el alcohol. Era vegetariano. Su vestimenta era espontáneamente libre, una declaración más de la antisolemnidad que trajo a la cultura mexicana, pues México es, después de Colombia, el país latinoamericano más adicto a la formalidad en el vestir. Creo que jamás conocí una corbata de Monsiváis, salvo en los albores de nuestra amistad.

Compartimos una pasión por el cine, como si la juventud de este arte mereciera memoria, referencias y cuidados tan grandes como los clásicos más clásicos, y era cierto. La frágil película de nuestras vidas, expuesta a morir en llamaradas o presa del polvo y el olvido, era para Monsiváis un arte importantísimo, único, pues, ¿de qué otra manera, si no en el cine, iban a darnos obras de arte Chaplin y Keaton, Lang y Lubitsch, Hitchcock y Welles? Y no se crea que el “cine de arte” era el único que le interesaba a Carlos. Competía con José Luis Cuevas en su conocimiento del cine mexicano y con el historiador argentino Natalio Botana en películas de los admirables años treinta de Hollywood.

Juntos presentamos hace un año diez películas que juzgamos las mejores de todos los tiempos: del “Amanecer” de Murnau a “Bailando bajo la lluvia” de Kelly y Donen. Pero enseguida nos dimos cuenta de la injusticia e insuficiencia de tal selección. ¿Dónde quedaban Antonioni y Bergman, Rogers y Astaire, el cine de gánsteres, los westerns que Alfonso Reyes calificaba como “la épica contemporánea”? ¿Y dónde Juan Orol y Rosa Carmina; dónde las cejas actuantes y activas de María Félix y Dolores del Río; dónde los parlamentos inescrutables de Arturo de Córdoba y la inventiva popular de Clavillazo?

Recuerdo estas pasiones de Monsiváis porque formaban parte de su vasto apetito, su fantástica asimilación de todo, añado, lo que el mundo “oficial” desconocía o desdeñaba. Curioso hasta las cachas de lo que sucedía en el mundo político, Monsiváis separaba muy bien la autenticidad de las apariencias y de estas se burlaba con un humor que desnudaba a los pomposos, desmentía a los mentirosos y señalaba a los criminales. Creo que nadie, en la sociedad mexicana contemporánea, escapó a la mirada, irónica, solidaria, burlona, camarada, de Carlos Monsiváis. La ridícula respuesta de Vicente Fox a la muerte del escritor lo comprueba.

Con mi amiga Caroline Pfeiffer, que era representante de gente de teatro y cine, viajamos a Italia y presenciamos la filmación de “La muerte en Venecia”, de Thomas Mann. Dirigía Luchino Visconti y, después de saludarlo, Monsiváis miró al Adriático y prometió no lavarse más la mano. Seguimos a Milán, donde una confusión enredó a Carlos con una manifestación de comunistas y a París, donde lo invité a vivir en mi apartamento. Juntos fuimos, guiados siempre por Caroline, a la casa de campo de Alain Delon, quien nos sentó dos días a ver el Mundial de Fútbol en la tele y, de regreso a París, fuimos juntos también a visitar a Pablo Neruda en el hotel del Quai Voltaire.

Neruda estaba en cama, empijamado, fatigado tras asistir al entierro de Elsa Triolet, la mujer de Louis Aragón. La conversación Neruda-Monsiváis fue muy singular.

¿Cómo se encuentra? —le preguntó Neruda a Monsiváis—. Sucede que me canso de ser hombre —contestó Carlos—. Al principio, Neruda no registró la cita. ¿Y qué hace en París? —continuó Pablo—. Juego todos los días con la mar del universo —citó Monsiváis— y Neruda, cayendo en el juego, se rio y decidió continuarlo, hasta la pregunta a Carlos:

—¿Y qué escribe ahora?—.

—Los versos más tristes—.

—¿Cuándo?—.

—Esta noche—.

Ingenio rápido, cultura profunda, mirada penetrante, referencia oportuna, melancolía escondida, regocijo siempre.

¡Qué falta nos harán todas estas características del grande y único Carlos Monsiváis!

(*) ES AUTOR DE “LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ” Y “LA FRONTERA DE CRISTAL”. EXCLUSIVO PARA EL DIARIO EL COMERCIO EN EL PERÚ